jueves, 7 de mayo de 2009

Para ser una ciudad cultural del ruido, mejor no ser nada.


Los Gozos y las Sombras de De Bieito Rubido



Sombra: Puedo entender casi todos los placeres, menos el de producir ruido. El pasado miércoles, hace una semana, se celebraba el Día Mundial contra el ruido y Luis del Olmo entrevistó en su programa Protagonistas a Ignacio Cosculluela, que hizo una defensa del silencio y un duro ataque a las autoridades que permitían que España fuese una potencia mundial en hacer ruido. Tenía toda la razón el señor Cosculluela. Tanto es así que la centralita de Punto Radio, en Madrid y Barcelona, se colapsó con llamadas a favor de Cosculluela y denunciando cientos de casos de agresiones de este tipo. Lo que demuestra hasta que punto hay contaminación sonora. Incluso en las noches de los hospitales. En este país nuestro alguien tiene que decir que hacer ruido es una agresión más y que reeducarnos en el valor del silencio nos convertiría en una sociedad mejor.

La experiencia enseña que el silencio es una disciplina del espíritu. Su práctica evita las exageraciones y las manipulaciones. El sonoro silencio nos deja escuchar otros sonidos. Es cierto, no obstante, que en una sociedad tan mediática como la nuestra el silencio no es rentable. Que si tú callas, otros darán tu versión y no será cierta. Que la palabra sigue siendo una de las herramientas más poderosas del ser humano. Que la grandeza del creador fue ponerle nombres a las cosas y que sin palabras no podríamos ni siquiera escribir esta pequeña alabanza del ser callado.

En actitud de silencio, decía Gandhi, el alma encuentra su camino. En las insomnes horas de la noche de los hospitales, en el botellón eterno del fin de semana, en los ruidos de las calles, en los gritos de los bares, en el feo discutir de los hombres, se oculta, como alcachofa, tras sus múltiples capas, el pecado de nuestro tiempo: hablamos tanto que no escuchamos a los que callan, a los que no tienen voz, a los que no se dejan oír. En el mundo actual son muchos los que hablan y el resto vive en una permanente sordera. Tal vez por eso nos sentimos tan solos en la era de la comunicación. Los sonidos de la vida están ocultos, mientras dejamos que lo artificial vaya ganando la batalla del ruido.

Fuente: Blogs ABC.es 06.05.09

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