domingo, 10 de mayo de 2009

Womad 2009, ese derroche de incumplimientos



El sábado bajé a la Plaza. Ya cuando entré por Pintores el hedor era insoportable, una mezcla de olor a orín, desinfectante, vinacho, "maría", y todo ello aderezado con los distintos aromas que despiden los cuerpos embadurnados de colonias, desodorantes y diferentes ungüentos. La solución, si no quieres sufrir por tan nauseabundo y viciado aire, es sencilla: te marchas y ya está.

No lo hice. Tenía la curiosidad de comprobar in situ lo que dicen de los maravillosos conciertos ofrecidos por el evento denominado Womad, y me adentré en esa jungla, esquivando borrachines, borrachos y borrachuzos, tambaleantes, con enormes vasos en las manos, garrafas de plástico y botellas, ambas con la parte superior cortada ¿?. Ya en el acceso a la Plaza percibí el zumbido y la onda expansiva de los potentes aparatos de amplificación situados en el escenario. No podía hablar con los que me encontraba en un tono normal y tuve que gritar para hacerme entender. Comprobé con mis ojos, nariz y oídos lo que es el Womad en esta ciudad: incumplimiento de la Ley de Convivencia y Ocio de Extremadura, suciedad, mal olor, e insufrible contaminación acústica, con incumplimiento de la normativa sobre medio ambiente. Adopté, al no desear seguir sufriendo tal presión acústica sobre los oídos y el pecho, la misma solución: largarme del lugar.

Lo mismo que hice hace años con respecto a la Feria. No volver por allí. Pero hay una diferencia. A la Feria, mejor dicho al recinto ferial, si quieres vas y si no no vas, en ejercicio de la libertad que debe presidir cualquier sociedad moderna y democrática. Pero ¿qué sucede cuando este tipo de eventos se realizan en zonas residenciales? Muy sencillo, que se está obligando a los residentes a presenciar o sufrir una actividad, quieran o no, sin poder ejercer esa sagrada y constitucional libertad.

Y más grave aún, esa falta de ejercicio de la Autoridad Estatal, Local o Autonómica para proteger el libre ejercicio de las libertades por parte de algunos ciudadanos, que se ven obligados a soportar una terrible contaminación acústica, ya no sólo en la Plaza y aledaños, sino que se extiende con estos eventos a diferentes zonas residenciales de la ciudad, ordinariamente ya castigadas por esta lacra delictiva durante el resto del año, transgrede lo dispuesto en el art. 9.2 de la Constitución: "Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas"

En el ejercicio de esa libertad, que los residentes de la Plaza y alrededores no pudieron ejercer, yo me vine para mi barrio, pero he aquí que esa libertad sólo me llevó a poder mover mis piernas en huida apresurada hasta mi domicilio, pues llegado al mismo pude comprobar la imposibilidad de poder dedicar mi ocio a descansar y dormir en el sagrado recinto de mi hogar. Sobre las 3'30 de la madrugada el bullicio, chillidos o voces de "cabreros", música de los locales llamados de copas, bocinas de coches, motos sin silenciador, etc. etc. me lo impidieron. Ni siquiera me decidí por llamar a los "Agentes de la Autoridad", pues los contaminados acústicamente ya sabemos cual es su respuesta: NINGUNA. Siguiendo las directrices de sus jefes políticos no intervienen. Al parecer el derecho, durante el tiempo de ocio, al recreo, a dar voces o a beneficiarse crematísticamente del ruido en locales, de forma ilegal, prevalece ante el derecho, durante el tiempo de ocio, al descanso y a dormir.

Por eso, a pesar de lo repugnante que siempre me resulta visitar por las noches la Plaza de Albatros, decidí echar un vistazo. Lo que vi no es para describirlo. Intenté grabar con mi móvil, apoyado en las escaleras que acceden a la Plaza desde Doctor Fleming, pero hube de desistir, pues, incluso, un individuo borrachuzo llegó a salpicarme con su orín cuando a mi espalda procedía a aliviar su vejiga en la misma escalera y mientras una multitud de beodos meones subían y bajaban por las escaleras. Desde el local llamado Ivanhoo o algo parecido salía un ruido espantoso que retumbaba de una forma infernal. Era constante y seguido el sonar de botellas y vasos al estrellarse contra el suelo o paredes. El olor inimaginable a orín, mezclado con un hedor espantoso a alcohol, era insoportable. Pensé en mis hijos de corta edad, y me angustié. Comprendí también la angustia de los residentes en estas viviendas cuando me plantean sus quejas.

Me desplacé hasta el centro de la Plaza de Albatros, frente a un negocio denominado Barroco. El ruido que salía del interior era tan fuerte que sobresalía sobre el ambiental de la Plaza, que ya era ensordecedor. Se unió a mí un buen amigo, que regenta un local de copas, él ya había cerrado, pues a pesar de que, según me dijo, la Autoridad Competente, había autorizado horario LIBRE, (contraviniendo la normativa, claro), no le pareció oportuno permanecer más tiempo de las tres de la madrugada. Ambos quedamos perplejos cuando un individuo, de 25 a 30 años, arrojó el vaso que tenía en la mano contra la cabina telefónica junto a la que nos encontrábamos. Sobre las 6 horas regresé a mi domicilio. Asqueado, sinceramente preocupado por el porvenir de nuestros hijos y el futuro de nuestra sociedad. No pude dormir, pues a pesar de que el bar-discoteca que tengo bajo mi vivienda ya había cerrado, las voces, gritos desgarradores y el tan, tan de unos timbales, no me lo permitieron. Me tomé un café, me fumé un cigarro, ya que después de haber dejado esa absurda costumbre durante tres años, el estado de nervios, desasosiego y crispación, me han vuelto a hacer caer. Observé a mis pequeños, que de vez en cuando se revolvían en su cama y hablaban alguna cosa ininteligible, debido a su alterado sueño.

Me dio pena, me dio rabia; me produjo tristeza, indignación, y una repulsiva sensación hacia los que nos gobiernan con total desprecio de Leyes, Decretos, Bandos y Ordenanzas. Pero también llegué al convencimiento de que tanto desprecio y despotismo por parte del tiránico poder que nos malgobierna, merece una respuesta contundente, una lucha decidida, y en el convencimiento de que la razón nos asiste, una insumisión y rebeldía manifiesta contra un injusto y falso Estado de Derecho.


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